
Y otro libro gordo, Los 70 a destajo - ajoblanco y libertad de José Ribas, el director de mi querida revista modélica Ajoblanco, de sana memoria del tiempo presente. Pero de este prefiero hablar luengo y en otro sitio. Vaya por delante que este verano voy a leer con delectación sus 590 páginas. Creo que necesarias. Al tiempo visitaré ejemplares de la revista, ya que tengo desde el primero al último número, como suscriptor fiel. Alguno censurado que se escapó y otros, que no tenía, los compré baratos en el MercatAntoni, ese de los domingos, cuando me dejaba ir de Ramblas allá, pues vivía en la calle de la Ceca, cabe el Picasso... Espero que Ribas sea para mí aquel valiente creador y animador de la vida en sus amplios sentidos; pero de esa otra vida de una sociedad más libre y solidaria que no hemos conocido, como dice en el libro que (h)ojeo. Pero para más adelante. Para información del navegante le diré que desde que este blog inició la singladura tengo como enlace lo poco, y bueno, que Ajoblanco tiene en la red. Lo mío no es novelería de progre en cuaresma, tal al uso entre la indolente y prorefinera intelectualidad extremeñia cañí.
Comida en Portugal. Y sigo hablando de mi viaje. Vuelta a Badajoz y acabar compras. Y sobre la diez de la noche, tras cenar breve en una bar, vuelta a Llerena.
Ahora me voy a dormir, ya que anoche no lo hice muy bien, por el calor, y eso del tiempo que tanto me molesta cuando está cambiando.
En Portugal, para hacer patria con los vecinos, impuestos por la Historia y los poderes contra el hombre, esa historia con los portugueses que los historiadores urden, vigilan, inventan, auscultan, imaginan, venden, imponen, mangonean, estudian, vigilan, negocian, les sirve de negocio y nombradía, ponen al servicio del poder... Pues bien, en tierra lusa, en plena calor, me pierdo en una arboleda y voy a parar a unos limoneros. Arranco unas hojas grandes y recuerdo los paparajotes murcianos, una especie de dulce, hecho con las hojas frescas de limonero, rebozadas en una pasta suelta, a base de harina, huevo, azúcar y algo más, cuyo secreto no aprendí, y la señora que me los hizo me aseguró que no sé qué maestro que ella tenía, pues aprendió a leer y escribir muy mayor con ese maestro, les había dicho que era musulmana la manera de hacer aquel dulce, paparajote. Desde luego estaba delicioso. Y del paparajote al libro de Juan Vernet. Y tiro porque me toca.
Está riquísimo este dulce, al igual que otros muchos postres que tomamos cuyo origen es árabe.
ResponderEliminarLa gente olvida demasiado pronto su pasado.