
No obstante no soy tan cerrado de mollera que no vea en algún premiado oscura calidad. Pocos; pero haylos. Así, hace como dos años leo y releo a Roberto Bolaño. No muy premiado, cierto. Y, por supuesto, no premiado en competencia; pero de cierta moda en cenáculos repelentes, para su baldón, y entre cierta gente de letras y trinque. Pasajera de seguro, porque a Bolaño lo han leído como espejo lee. Porque no creo que la creación de Bolaño sea muy digestiva en esos cenáculos, sino pal trinque y la vistosidad de los arrimadillos. A veces pienso que no lo leen, que si lo leen no lo entienden, y si lo entienden es que son cínicos de baja estofa. Como, dije, espejos. La lectura de los espejos, lecturas espejeantes.
Me resistía a considerar aquí estas lecturas últimas de Bolaño. Es más, preparo una reseña larga, vamos, un estudio, sobre su poemario Los Perros Románticos, que es uno de esos libros de poesía que se leen del tirón y que dejan un estado catárquico, de gozo y belleza terribles, sin ir muy lejos en los elementos creativos. Fundamentalmente el lenguaje. Adelanto su deuda con Juan Rulfo o con Dante. Ya veremos.
He bajado por el Emule entrevistas con Bolaño, he escuchado su forma de exponer, de hablar, de disertar… He leído casi todas las críticas, reseñas, estudios serios (pocos)… En fin, he mirado fotos y he comprobado su enorme parecido con Quique López Viñas, un amigo que anda por Granada, músico y maestro de música, pianista por más. Hermano de mi impresor, José Adelardo López Viñas, hombre bueno e inteligente.
Sólo Juan Goytisolo, allá por los setentas, o antes Borges, o Cunqueiro, Martín Santos y luego Miguel Espinosa, pasando por Marcel Schwob o Italo Calvino (leídos en sus lenguas), o el poco conocido Pessoa de aquellos años, por supuesto leído en portugués, allá por los setentas también, o Juan José Arreola y Juan Rulfo, aun en sus vastas exigüidades, Ángel Vázquez, Carlos Edmundo de Ory, José Bergamín, Juan Eduardo Cirlot, Mario Trejo, Ángel Crespo, Américo Castro, Aníbal Núñez, Fernando Aramburu, o mi Jesús Alviz extremeño, y algunos otros que no vienen al caso o al recuerdo, han despertado esa pasión de conocimiento total en mí, de sus obras y de sus vidas. Y de la crítica, casi nunca acertada y sólo pasmada ante lo desconocido, y que la descoloca en sus cajones de sastre habituales. Y para que me comprenda el común y por vulgarizar, esa pasión es mayor que la del fan fanatizado, es la pasión del abismo (Bolaño dixit) literario.
Guardo, como oro en paño, su magnánima novela póstuma, 2666, para leerla este invierno y en la cama, antes de dormir. Inveterada costumbre invernal. A ver si me calienta en mi nueva casa. Que dicen que es fuerte y terrible como el infierno, la novela, no mi casa.
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Hay algo que se llama libertad, y que debes ejercer libremente. Así que distingue bien entre las ideas, los sentimientos, las pasiones, la razones y similares. No son respetables; pero cuida, que detrás hay personas. Y las personas, "per se", es lo único que se respeta en este lugar. Muy agradecido y mucha salud. Que no te canse.