
Al poder no le interesa que la gente lea. Y menos que se espabile. Tal vez por ello quiere un control sobre eso. Monopolizarlo total. Como pretende de la respiración, la vivienda o la propia vida. Y cuando digo poder me refiero al Capital, al Estado y todos sus servidores. Por ello es muy sospechoso su empeño actual. Más bien lo mueve el servicio debido a la industria editorial, o a que los políticos vean cumplido aquello de los índices altos de lectura, como quieren ver los bancos el de beneficios y el Capital la rentabilidad. Y como controlan lo que se publica, pues eso, a leer bodrios en esos talleres de lectura al respecto. Pero no lectura salvaje y libre, sino lectura dirigida y domesticada, que no es lectura, es una forma supina de asilvestramiento para un orden determinado de servicio a unos amos cuyas caras no aparecen.
Si recuerdo bien siempre me han parecido, los directores, coordinadores y demás mandamases en los programas de lectura, una mezcla de maestrillos franquistas y curas en misión de prédica moralina, o comisarios políticos de vía estrecha y postestalinista. Unos comecocos y comecacas. Desde luego ganan sus dineros, pues no se andan con restricciones los que promueven la lectura guiada, que es como no leer.
Pienso que no hay mejor o peor programa de animación a la lectura. El mejor es el que no existe. Uno se anima a leer si le apetece, si es un acto libre y voluntario. A estas alturas de la cosa nadie podrá decirme que los libros no están al alcance de casi cualquiera. Incluso los he visto tirado en los contenedores de basura. Para quien los quiere siempre están muy cerca. Lejos, lo que se dice lejos estaban en la Extremadura de los sesenta y setenta, en un pueblo de por acá. Y pese a todo uno descubrió una espléndida biblioteca municipal, que más bien parecía almacén de papeles trastocados, en la que convivían legajos y documentos -que luego uno se enteró que eran históricos- en el más absoluto olvido de los más, pese a su lugar destacado. Y uno fue gustando de visitar aquellos libros, entre los que encontró joyas sorprendentes, tal vez aquella Historia del Anarquismo, que hablaba de Durruti, del año1952, pese a la censura, o las Obras Completas de Freud, en edición entre los años veinte y treinta, o la obra de Lope de Vega en edición lujosa, o aquel Persiles del XIX, los premios Adonais de poesía, los Planeta, los de Destino, sean los que ahora destaco como joyas... A tanto llegó mi conocimiento de aquellos libros, por su lectura y familiaridad, que el encargado de la misma -que era don Antolín, un maestro de grato recuerdo- consultaba conmigo su fondo, si alguien le solicitaba un título que pudiera estar en ella, ese alguien siempre lo hacía como consulta para algún trabajo escolar o similar, o sea para una rentabilidad inmediata y práctica. Ya que la biblioteca no tenía el archivo al día. Su archivo era mi memoria. Y lo sigue siendo.
Animación a la lectura... No todos somos iguales, aunque los políticos, y sus sucedáneos, se empeñen en ponernos en el rasero de su cretinismo y servicio a sus amos. Y siempre ha habido sensibilidades diferenciadas e inteligencias diversas, menos y más, y deseos de libertad frente a borreguismo programado. Y gentes que no necesitamos que nos inviten a ejercer la libertad, porque eso no es libertad ni se lo parece. Siempre me pareció una solemne grosería y una soberana estupidez aquello de que un libro ayuda a triunfar. Uno, que leía libros y los usaba, se sentía una piltrafa, porque el triunfo le sonaba a general, a mando y todo eso. Como ahora.
Si recuerdo bien siempre me han parecido, los directores, coordinadores y demás mandamases en los programas de lectura, una mezcla de maestrillos franquistas y curas en misión de prédica moralina, o comisarios políticos de vía estrecha y postestalinista. Unos comecocos y comecacas. Desde luego ganan sus dineros, pues no se andan con restricciones los que promueven la lectura guiada, que es como no leer.
Pienso que no hay mejor o peor programa de animación a la lectura. El mejor es el que no existe. Uno se anima a leer si le apetece, si es un acto libre y voluntario. A estas alturas de la cosa nadie podrá decirme que los libros no están al alcance de casi cualquiera. Incluso los he visto tirado en los contenedores de basura. Para quien los quiere siempre están muy cerca. Lejos, lo que se dice lejos estaban en la Extremadura de los sesenta y setenta, en un pueblo de por acá. Y pese a todo uno descubrió una espléndida biblioteca municipal, que más bien parecía almacén de papeles trastocados, en la que convivían legajos y documentos -que luego uno se enteró que eran históricos- en el más absoluto olvido de los más, pese a su lugar destacado. Y uno fue gustando de visitar aquellos libros, entre los que encontró joyas sorprendentes, tal vez aquella Historia del Anarquismo, que hablaba de Durruti, del año1952, pese a la censura, o las Obras Completas de Freud, en edición entre los años veinte y treinta, o la obra de Lope de Vega en edición lujosa, o aquel Persiles del XIX, los premios Adonais de poesía, los Planeta, los de Destino, sean los que ahora destaco como joyas... A tanto llegó mi conocimiento de aquellos libros, por su lectura y familiaridad, que el encargado de la misma -que era don Antolín, un maestro de grato recuerdo- consultaba conmigo su fondo, si alguien le solicitaba un título que pudiera estar en ella, ese alguien siempre lo hacía como consulta para algún trabajo escolar o similar, o sea para una rentabilidad inmediata y práctica. Ya que la biblioteca no tenía el archivo al día. Su archivo era mi memoria. Y lo sigue siendo.
Animación a la lectura... No todos somos iguales, aunque los políticos, y sus sucedáneos, se empeñen en ponernos en el rasero de su cretinismo y servicio a sus amos. Y siempre ha habido sensibilidades diferenciadas e inteligencias diversas, menos y más, y deseos de libertad frente a borreguismo programado. Y gentes que no necesitamos que nos inviten a ejercer la libertad, porque eso no es libertad ni se lo parece. Siempre me pareció una solemne grosería y una soberana estupidez aquello de que un libro ayuda a triunfar. Uno, que leía libros y los usaba, se sentía una piltrafa, porque el triunfo le sonaba a general, a mando y todo eso. Como ahora.