28 de junio de 2008

LAS PALABRAS

Releo, al azar, ya que la ocasión no lo exige de otra manera, Dioses, ideas y símbolos de la China, Juan García Font (Ediciones Fausí, 1988). Inmediatamente de ver el texto, que reproduzco abajo, me viene todo un cúmulo de ideas al respecto. Desde las explicaciones en clase del profe de historia de las ideas lingüísticas, González Calvo, hasta mi trabajo sobre Dom Sem Tob de Carrión acerca de su obra poética, con lectura desde la cábala judía que le era contemporánea, hasta mis visitas a los cinco tomos en que se vierte al castellano la obra de Moisés de León, El Zohar, en edición auspiciada por la Socieda Hebraica Argentina, con versión castellana y traducción de León Dujovne (Editorial Sigal, 1977), que me fue servida por el precio de 45.000 pesetas a mediados de los ochenta, y desde Buenos Aires. Mis lecturas ensimismadas de Gershom Scholem...
Aquello de la creación del mundo por un dios poeta o creador oral, por el habla o el lenguaje hablado. Pues los cabalistas creen que Dios crea el mundo al nombrarlo. Que cada cosa es creada al ser nombrada. No hay más que ir a casi cualquier versión de la Biblia para confirmar eso de la creación por la parla. Todo es, en el Génesis, lo de y dijo Dios, y Dios dijo, hágase la luz. Y la luz se hizo…, etc. Eso que a cualquier pagano cabezón pasa desapercibido, no es lo mismo para el oído atento, para los despiertos. Y recordemos a Juan, el evangelista más cabalista, cuando abre su evangelio por aquello de:
Al principio ya existía la Palabra, La palabras se dirigía a Dios Y la palabra era Dios: Ella al principio se dirigía a Dios. Mediante ella se hizo todo; Sin ella no se hizo nada de lo hecho.

Todo me ha venido de golpe, como si algo tocara un resorte de mis más hondas aspiraciones, preocupaciones, intereses… Sobre lo que creo vida, en su amplio sentido, en lo que creo importante y fuera de lo chabacano, en lo que es casi imposible encontrar personas que estén seriamente, y gozosas, ocupadas, y en lo que me desvive en verdad. No como intrascendente cosita cultural, no como recurso del aburrimiento o del trepa del culturetariado. Sino algo realmente por lo que merece la pena esta vida.
Hoy, el poder y sus secuelas ha eliminado en todo lo posible la reflexión sobre la lengua en las aulas de los alumnos en formación, no ya para estudios superiores, sino para la vida, sobre todo su vida espiritual, en su amplio sentido, que no tiene por qué ser religiosa, claro. Poco a poco se ha ido eliminando material; desde la propia visión en un tiempo determinado de la lengua, hasta el estudio en el tiempo, esto es, la visión diacrónica del hecho lingüístico. No se amueblan bien las molleras de las gentes, para que dominen y conozcan los mecanismos lingüísticos, ya que el poder, todo poder, tiene pánico a que la gente se libere… Y es muchísimo más preocupante el ínfimo nivel de conocimiento de la lengua, no ya los asuntos teóricos, sino de falta de léxico, de uso con propiedad, de falta de amor por ella como parte esencial en la conformación del ser humano y de su expresión completa, etc.
Por todo eso mi fascinación cuando encuentro textos que ponen con el culo al aire la mentira de los manipuladores. Que es lo mismo que otras mentiras del poder. Por ejemplo: No es lo malo el maltrato por parte de alguien a otra persona, lo malo es que eso reproduce el esquema profundo y esencial del maltrato que los poderes establecidos dispersan al común. Que ese poder lo detente una mujer pretendiendo liberar del mal trato es estupidez sin límite, ya que el peligro y la raíz no es el machito maltratador, sino las entrañas del sistema de poder político, económico y social que lo sustenta y que nadie cambia o mueve un ápice. Y mientras existan, las contradicciones aflorarán por doquier, reventando por donde más débil es la infraestructura, esto es porque determimada gente asume lo que se le aplica y predica desde la superestructura de poderes impuesto desde ese arriba, a los de abajo. Y toda solución que no cambia la raíz o la infraestructura no sirve de nada, de nada.

El texto que me trajo todo en atropello:

Las palabras marcan el destino

El lenguaje chino es enérgico y a la vez sutil. Se a dicho que fue un instrumento idóneo al servicio de voluntades astutas, duras y formalistas, y podría añadirse que fue un medio incomparable para sugerir analogías y evocar sentidos. Las ideas no se delimitaban demasiado; pero aquel idioma permitía expresar perfectamente los movimientos del ánimo. La constante referencia a lo concreto obligaba a escoger entre una amplia gama de posibilidades de interpretación, lo cual desarrolló una peculiar agilidad mental. Un mandato enérgico podía encubrirse con matices de exquisita corrección.
El lenguaje chino no expresa conceptos abstractos, sino conglomerados de imagines, más aún, de fuerzas. En cierto texto chino se dice que quien sabe denominar al animal, también lo sabrá dominar; quien posee el secreto de llamarlo ¡como es debido, ése sabrá amaestrarlo bien. Como es natural, esa idea casi mágica de denominación contiene, en germen, una creencia acerca de la eficacia de utilizar la formula conveniente: La palabras rige la realidad.
Esas creencias no son patrimonio exclusivo del pueblo chino, son concepciones comunes a todas las mentalidades mágicas. Sin embargo, fue en China donde esa función denominativa adquirió una proyección cultural de particular importancia, precisamente dentro de las doctrinas confucianas. Kong-tsé propuso la “rectificación de los nombres”como medida de enderezamiento en las relaciones dentro de la sociedad. Había que dar a cada nombre aquel significado que le correspondía. El soberano había de ser soberano, es decir, debía asumir la responsabilidad de ajustar su conducta al nombre que lo designaba. Para Confucio, los males de la sociedad de su época provenían de una alteración de sentidos: los significados reales no encajaban en los nombres; el súbdito no se comportaba como tal; tampoco el gobernante. Por eso era importante que el soberano fuera verdaderamente soberano, que el ministro, que el padre fuera padre y el hijo como tal se comportase.
En este terreno, como en otros, Confucio toma, como punto de partida, una creencia tradicional, pero introduce una nueva dimensión, aporta un Nuevo sentido, convierte una concepción mágica en un imperativo moral.
Antaño se creía que los soldados se convertirían en tigres si su jefe utilizaba la fórmula adecuada: era un modo de activar energías que el nombre contenía implícitas. Hoy diríamos que la palabras podía cargarse de efectos sugestivos; pero en aquellas épocas se veían secretas dependencias en cosas semejantes, y por ello, se creía que la palabras había de actuar como si tuviese un efecto real sobre la persona a laque se aplicaba: la maldición es una fuerza, por ello actuará. Si el bandido afortunado mata a un señor y nadie se atreve a designarlo como asesino, el crimen casi no se habrá cometido o, al menos, se habrá desdibujado. Esto explica por qué se atendía tanto a las formulas.
Cuando el poeta dice que el cuerpo de la bailarina es un lirio de otoño que se mece acariciado por el viento, no elabora solamente imagines poéticas; se refiere, de modo muy concreto y descriptivo, a cierta danza en la que la bailarina deja de ser mujer para representar los ritmos esenciales de los lirios de otoño. Pero no puede perderse de vista que las palabras del poeta, cuando expresa aquel t¡ritmo, son, a la vez, bailarina y lirio. No se trata de calidad poética, sino de realismo mágico; cada palabras encierra un destino.
Confucio sublima estas concepciones; las racionaliza: Si los nombres no corresponden a las cosas, entonces se produce confusión en el lenguaje. Si hay confusión en el lenguaje, las cosas no pueden ejecutarse debidamente. Si las cosas no se ejecutan debidamente, se descuida la rectitud y la compostura. Cuando se descuidan rectitud y compostura , las penas y los castigos no corresponden a las faltas. Cuando las penas y los castigos no se hayan ordenados a las faltas, el pueblo no sabe dónde ha de poner sus pies ni sus manos. Por este motivo el sabio da a cada cosa el nombre que le corresponde; entonces cada cosa debe ser tratada de acuerdo con la adecuada significación del nombre que se le ha dado. El sabio está muy atento al nombre que otorga a cada cosa.

Páginas 121-123, Dioses, ideas y símbolos de la China, Juan García Font (Ediciones Fausí, 1988)

1 comentario:

  1. Anónimo11:25 a. m.

    Hola,

    Muy interesante este artículo. Me ha dejado sin palabras... jeje.

    Encontré este sitio divertido donde uno puede jugar a pasar conceptos del chino al español: www.dimanario.es

    Un saludo

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Hay algo que se llama libertad, y que debes ejercer libremente. Así que distingue bien entre las ideas, los sentimientos, las pasiones, la razones y similares. No son respetables; pero cuida, que detrás hay personas. Y las personas, "per se", es lo único que se respeta en este lugar. Muy agradecido y mucha salud. Que no te canse.